tengo entonces ni amigo ni enemigo?» e inmediatamente echó a correr, como si fuera a arrojarse al Tíber.
XLVIII. Mas, al aplacarse este furioso impulso, deseó algún lugar retirado donde pudiera concentrar sus pensamientos; y ofreciéndole su liberto Faón su quinta, situada entre los caminos Salario 626 y Nomentano 627, a unas cuatro millas de la ciudad, montó a caballo, descalzo como iba y en túnica, echándose encima únicamente una vieja capa sucia; con la cabeza embozada y un pañuelo ante el rostro, y cuatro personas tan solo para acompañarle, de las cuales Esporo era uno. Se vio repentinamente sobrecogido por el horror a causa de un terremoto y de un relámpago que le dio de lleno en la cara, y oyó desde el campamento vecino 628 los gritos de los soldados, que deseaban su ruina y prosperidad para Galba. Oyó también a un viajero con quien se cruzaron en el camino decir: «Van (377) en busca de Nerón»; y a otro preguntar: «¿Hay alguna noticia en la ciudad acerca de Nerón?». Al descubrirse el rostro cuando su caballo se espantó por el olor de un cadáver que yacía en el camino, fue reconocido y saludado por un viejo soldado que había sido licenciado de la guardia. Cuando llegaron al callejón que conducía a la casa, apearon de los caballos, y con gran dificultad se abrió paso entre arbustos y zarzas, y por una senda a través de un tremedal sobre el cual extendieron sus capas para que caminara. Habiendo llegado a un muro en la parte trasera de la quinta, Faón le aconsejó que se ocultara por un momento en una arenera, a lo que él respondió: «No iré bajo tierra en vida». Permaneciendo allí un poco de tiempo, mientras se hacían los preparativos para introducirle clandestinamente en la quinta, cogió con la mano un poco de agua de un estanque cercano para beber, diciendo: «Esta es el agua destilada de Nerón». 629 Después, habiéndosele desgarrado la capa con las zarzas, se quitó las espinas que se habían