de nuevos miembros, se requiere una atención más estricta para precaverse contra esa disolución de costumbres a la que una capital populosa y extensa tiene una tendencia natural. De esto (57) se percataron los romanos en el estado de crecimiento de la República. En el año 312 de la fundación de la Ciudad, fueron creados por primera vez dos magistrados para llevar la cuenta del número de personas y el valor de sus haciendas; y poco después, se les investido con la autoridad no solo de inspeccionar la moral de los individuos, sino de imponer censura pública por cualquier conducta licenciosa o violación deldecoro. Así, tanto las instituciones civiles como las religiosas concurrieron a contener al pueblo dentro de los límites del buen orden y la obediencia a las leyes; al mismo tiempo que la vida austera de los antiguos romanos demostró ser una firme salvaguarda contra aquellos vicios que actúan con mayor eficacia socavando los cimientos de un Estado.
Pero en tiempos de Julio César las barreras de la libertad pública se habían vuelto demasiado débiles para contener los audaces esfuerzos de los hombres ambiciosos y desesperados. La veneración por la constitución, que suele ser un freno poderoso contra los designios traicioneros, había sido violada recientemente por las usurpaciones de Mario y Sila. Los terrores salutíferos de la religión ya no predominaban en las conciencias de los hombres. La vergüenza de la censura pública se había extinguido en la depravación general. Un eminente historiador, que vivió en aquella época, nos informa de que la venalidad prevalecía universalmente entre los romanos; y un escritor que floreció poco después observa que el lujo y el derroche habían