los enemigos extranjeros las sofocó por medio de sus legados, sin marchar jamás en persona contra ellos; y ni siquiera empleaba a sus legados sino con mucha repugnancia y cuando era absolutamente necesario. A los príncipes que le eran desfavorables los mantuvo en sujeción más por amenazas y amonestaciones que por la fuerza de las armas. A algunos, a los que atrajo mediante buenas palabras y promesas, no les permitió jamás regresar a su patria; como a Marabodundo el germano, Trasípolis el (217) tracio y Arquelao el capadocio, cuyo reino redujo incluso a provincia.
XXXVIII. No salió de las puertas de Roma en dos años seguidos, desde el momento en que asumió el poder supremo; y pasado ese período, no se alejó de la ciudad más que a algunas de las poblaciones vecinas, siendo su excursión más lejana a Antio 338, y eso muy raras veces y por pocos días; aunque a menudo anunciaba que visitaría las provincias y los ejércitos, y hacía preparativos para ello casi todos los años, requisando carruajes y ordenando víveres para su séquito en los municipios y colonias. Por fin permitió que se hicieran votos por su buen viaje y su regreso a salvo, a tal punto que fue llamado jocosamente con el nombre de Calípides, quien es famoso en un proverbio griego por tener mucha prisa por avanzar, pero sin avanzar jamás un codo.