violentamente contra su propia vida, en el año cuarenta y tres de su edad. Este final fatal de su vida, que tal vez provino de la locura, fue atribuido por sus amigos y admiradores a su preocupación por el destierro de un cierto Memio, con quien estaba íntimamente relacionado, y por el estado trastornado de la república. Fue, sin embargo, una catástrofe que los principios de Epicuro, igualmente erróneos e irreconciliables con la resignación y la fortaleza, autorizaban en circunstancias particulares. Incluso Ático, el célebre corresponsal de Cicerón, pocos años después de este período, recurrió al mismo expediente desesperado, al rechazar todo alimento, mientras padecía una enfermedad prolongada.
Se dice que Cicerón revisó el poema de Lucrecio tras la muerte del autor, y esta circunstancia es esgrimida por los defensores del ateísmo como prueba de que los principios contenidos en la obra contaban con el respaldo de su autoridad. Pero de esta circunstancia no puede extraerse con justicia ninguna inferencia favorable a la doctrina de Lucrecio. (70)
Cicerón, aunque ya estaba suficientemente familiarizado con los principios de la secta epicúrea, tal vez no vería con malos ojos la lectura de una obra que los reunía y reforzaba en un vigoroso tono poético; tanto más cuanto que el trabajo probablemente resultaría interesante para su amigo Ático y quizás daría tema para algunas cartas o conversaciones entre ellos. Solo en lo tocante a la composición el poema pudo haber sido sometido a la revisión de Cicerón: pues de habérsele pedido que juzgara sus principios, sin duda habría mutilado la obra hasta el punto de destruir la coherencia del sistema.