Las dos Julias, su hija y su nieta, se entregaron a tales excesos de lascivia y libertinaje, que a ambas las desterró. A Cayo y a Lucio los perdió en el espacio de dieciocho meses; muriendo el primero en Licia, y el segundo en Marsella. A su tercer nieto Agripa, junto con su hijastro Tiberio, los adoptó en el foro, mediante una ley promulgada al efecto por las Curias; pero poco después repudió a Agripa por su carácter rudo e indisciplinado, y lo confinó en Sorrento.
Soportó la muerte de sus parientes con más paciencia que su deshonra; pues no quedó abrumado por la pérdida de Cayo y Lucio; pero en el caso de su hija, expuso los hechos al senado en un mensaje que les leyó (119) el cuestor, al no tener el valor de estar presente él mismo; en verdad, estaba tan avergonzado de su infame conducta que durante algún tiempo evitó toda compañía y tuvo la intención de darle muerte.
Es seguro que cuando cierta Febe, liberta y confidente suya, se ahorcó por la misma época, él dijo: «Preferiría ser padre de Febe antes que de Julia».
En su exilio no le permitió el uso de vino ni ningún lujo en el vestir; tampoco consintió que la sirviera ningún criado varón, ya fuera libre o esclavo, sin su permiso, y tras haber recibido una descripción exacta de su edad, estatura, tez y qué marcas o cicatrices tenía en el cuerpo. Al cabo de cinco años la trasladó de la isla [en la que estaba confinada] al continente, y la trató con menor severidad, pero jamás se pudo conseguir que la revocara. Cuando el pueblo romano intercedió en su favor varias veces con mucha insistencia, toda la respuesta que dio fue: «Ojalá tengáis todos hijas y mujeres como ella».