LXXII. Trataba siempre a sus amigos con tanta amabilidad y buena disposición que, cuando Cayo Opio, en un viaje con él a través de un bosque, enfermó repentinamente, le cedió el único lugar que había para guarecerse por la noche y se quedó acostado en el suelo al aire libre. Cuando se hubo puesto al frente de los asuntos, elevó a algunos de sus fieles partidarios, aunque de baja extracción, a los más altos cargos; y cuando fue censurado por esta parcialidad, dijo abiertamente: «Si hubiera sido auxiliado por bandidos y asesinos en la defensa de mi honor, les habría hecho la misma recompensa».
(44) LXXIII. Su resentimiento contra cualquiera nunca era tan implacable como para no deponerlo de muy buena gana cuando se le presentaba la oportunidad. Aunque Cayo Memio había publicado unos discursos contra él sumamente virulentos, y él le había respondido con igual acritud, con todo, le ayudó después con su voto e influencia cuando este se postuló como candidato al consulado. Cuando C. Calvo, tras haber publicado unos epigramas escandalosos sobre él, intentó lograr una reconciliación por mediación de unos amigos, él le escribió, por iniciativa propia, la primera carta. Y a Valerio Catulo, quien había, según él mismo observaba, marcado su reputación en sus versos sobre Mamurra de un modo que jamás podría borrarse, le aceptó las disculpas, lo invitó a cenar ese mismo día y siguió alojándose en casa de su padre de vez en cuando, tal como había estado acostumbrado a hacerlo.
LXXIV. Su carácter era asimismo naturalmente reacio a la severidad en las represalias. Después de haber capturado a los piratas por quienes había sido apresado, habiendo jurado que los crucificaría, lo hizo en efecto; pero antes ordenó que les degollaran 84. Jamás pudo soportar la idea de hacer daño alguno a Cornelio Fágitas, quien lo había espiado por la noche cuando estaba enfermo y fugitivo, con la intención de entregarlo a Sila, y de cuyas manos había escapado con cierta dificultad dándole un soborno.