consentimiento. Afranio y Fausto habían tomado las armas contra él, después de haber obtenido su indulto; y Lucio César no solo había destruido de la manera más cruel a fuego y espada a sus libertos y esclavos, sino que había hecho trizas a las fieras que tenía preparadas para el entretenimiento del pueblo.
Y finalmente, un poco antes de su muerte, permitió que todos aquellos a los que no había perdonado antes regresasen a Italia y ocupasen cargos tanto civiles como militares. Incluso repuso las estatuas de Sila y Pompeyo, que habían sido derribadas por el populacho. Y tras esto, cualquiera que fuese el plan ideado o la palabra proferida, prefirió refrenarlo antes que castigarlo. Así pues, habiendo descubierto ciertas conspiraciones y asambleas nocturnas, no fue más allá de dar a entender mediante un bando que tenía conocimiento de ellas; y en cuanto a aquellos que se entregaban a la libertad de injuriarle duramente, tan solo les advirtió en un discurso público que no persistieran en su ofensa. Tolero con gran moderación un