abolidos en tiempos de Galba, impuso nuevos y onerosos tributos, aumentó los impuestos de las provincias y duplicó los de algunas de ellas. Asimismo, se dedicó abiertamente a un comercio, desacreditado incluso para un simple particular, comprando grandes cantidades de mercancías con el propósito de revenderlas con ganancia. Es más, no tuvo reparo en vender los grandes cargos del Estado a los candidatos, ni en vender indultos a los procesados, fuesen inocentes o culpables. Se cree que ascendió a los cargos más elevados a los más rapaces de entre los procuradores, con la intención de exprimirles después de que hubieran acumulado grandes riquezas. Solía decirse comúnmente de él «que los trataba como a esponjas», porque era su costumbre, por decirlo así, mojarlas cuando estaban secas y exprimirlas cuando estaban húmedas. Se cuenta que era por naturaleza sumamente codicioso, y que un viejo boyero suyo se lo reprochó cuando el emperador se negó a manumitirlo gratis —lo cual le suplicó humildemente al ascender al trono—, exclamando: «El zorro cambia el pelo, pero no las mañas». Por otra parte, algunos opinan que fue empujado a sus actos rapaces por la necesidad y por la extrema pobreza del tesoro y del erario público, de lo cual dio cuenta pública al comienzo de su reinado, declarando que «se necesitaban no menos de cuarenta mil millones de sestercios para gobernar el Estado». Esto es tanto más probable cuanto que destinó a los mejores fines lo que obtuvo por malos medios.
XVII. Su liberalidad, sin embargo, para con todas las clases sociales, fue excesiva. Completó a varios senadores el patrimonio requerido (457) por la ley para ostentar tal dignidad; socorriendo asimismo a aquellos hombres de rango consular que eran pobres, con una asignación anual de quinientos mil sestercios; y reconstruyó, de mejor manera que antes, varias ciudades en diferentes partes del imperio que habían sufrido daños por terremotos o incendios.