había sido objeto John Vincent Harden, el conocido millonario del tabaco. Mi amigo, que amaba por encima de todas las cosas la precisión y la concentración mental, se irritaba con cualquier cosa que distrajera su atención del asunto entre manos. Y, sin embargo, sin llegar a una brusquedad que era ajena a su naturaleza, resultaba imposible negarse a escuchar la historia de aquella mujer joven y hermosa, alta, graciosa y majestuosa, que se presentó en Baker Street a última hora de la tarde y le suplicó su ayuda y consejo. Era en vano insistir en que su tiempo ya estaba plenamente ocupado, pues la joven había acudido con la determinación de contar su historia, y era evidente que nada que no fuera la fuerza lograría sacarla de la habitación antes de haberlo hecho. Con aire resignado y una sonrisa algo cansada, Holmes rogó a la hermosa intrusa que tomara asiento y nos informara de qué era lo que la afligía.
—Al menos no podrá ser tu