—No había ningún hombre, señor.
—¡Vamos, vamos, Bannister!
—No, señor, no había nadie.
—En ese caso, no puede proporcionarnos más información. ¿Le importaría permanecer en la habitación? Quédese allí de pie, cerca de la puerta del dormitorio. Ahora, Soames, voy a pedirle la gran gentileza de que suba a la habitación del joven Gilchrist y le pida que baje a la suya.
Un instante después regresó elpreceptor, trayendo consigo al estudiante. Era un hombre de planta gallarda, alto, esbelto y ágil, de paso elástico y rostro agradable y abierto. Sus turbados ojos azules nos miraron a cada uno de nosotros y finalmente se posaron con una expresión de consternación absoluta en Bannister, que estaba en el rincón más alejado.
—Cierre la puerta —dijo Holmes—.
—Ahora, señor Gilchrist, estamos aquí completamente solos, y nadie tiene por qué enterarse jamás ni de una sola palabra de lo que hablemos entre nosotros. Podemos ser perfectamente sinceros el uno con el otro. Queremos saber, señor Gilchrist, cómo usted, un hombre honorable, llegó a cometer un acto como el de ayer.
El desafortunado joven retrocedió tambaleándose y dirigió una mirada llena de horror y reproche a Bannister.
—¡No, no, señor Gilchrist, señor, yo no dije ni una palabra... ni una sola palabra! —exclamó el criado.
—No, pero ya lo tiene —dijo Holmes—. Ahora, señor, usted comprenderá que después de las palabras de Bannister su situación es desesperada, y que su única oportunidad radica en una confesión franca.