Pero Godfrey era el heredero de este viejo y cascarrabias noble, y era del todo seguro que la noticia de su matrimonio habría puesto fin a su herencia. Yo conocía bien al muchacho y lo quería por sus muchas y excelentes cualidades. Hice todo lo que pude para ayudarlo a mantener las cosas en orden. Hicimos nuestro mayor esfuerzo para ocultarle el asunto a todo el mundo, pues, una vez que un rumor semejante empieza a correr, no pasa mucho tiempo antes de que todo el mundo lo sepa. Gracias a esta solitaria cabaña y a su propia discreción, Godfrey ha logrado tener éxito hasta ahora. Su secreto no era conocido por nadie salvo por mí y por un excelente sirviente, que actualmente ha ido en busca de ayuda a Trumpington.
Pero al fin se produjo un golpe terrible en forma de una grave enfermedad de su esposa. Era tisis del tipo más virulento.
El pobre muchacho estaba medio enloquecido de dolor y, sin embargo, tenía que ir a Londres a jugar este partido, pues no podía eludirlo sin dar explicaciones que habrían revelado su secreto.
Intenté animarlo por telegrama, y él me respondió con otro, suplicándome que hiciera todo lo posible. Este fue el telegrama que usted parece haber visto de manera inexplicable.
No le dije cuán inminente era el peligro, porque sabía que él no podía hacer nada útil aquí, pero le envié la verdad al padre de la joven, y este se la comunicó a Godfrey de manera muy imprudente.
El resultado fue que vino directamente en un estado cercano al delirio, y ha permanecido en el mismo estado, arrodillado a los pies de la cama, hasta que esta mañana la muerte ha puesto fin a sus sufrimientos.
Eso es todo, señor Holmes, y estoy seguro de que puedo contar con su discreción y la de su amigo».