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nydus/The Return of Sherlock HolmesPublic
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La aventura de la ciclista solitaria

El viejo bribón con sobrepelliz prorrogó en una retahíla de improperios.

—¡Por el cielo! —dijo—, si nos delatas, Bob Carruthers, te haré lo mismo que le hiciste a Jack Woodley. Puedes balar sobre la chica todo lo que te venga en gana, porque ese es tu problema, pero si traicionas a tus compinches con este poli de paisano, será el peor día de tu vida.

—No necesita excitarse vuestra reverencia —dijo Holmes, encendiendo un cigarrillo.

—El caso está bastante claro en su contra, y todo lo que pido son unos pocos detalles para mi curiosidad privada. Sin embargo, si hay alguna dificultad en que me los cuente, hablaré yo, y entonces verá hasta qué punto tiene posibilidades de guardarse sus secretos. En primer lugar, ustedes tres vinieron de Sudáfrica en este asunto: usted, Williamson; usted, Carruthers, y Woodley.

—Mentira número uno —dijo el viejo—; no vi a ninguno de los dos hasta hace dos meses, y jamás en mi vida he estado en África, ¡así que te lo guardas donde te quepa, señor metomentodo Holmes!

—Lo que dice es verdad —dijo Carruthers.

—Vaya, vaya, vinieron dos de ustedes.

Su reverencia es un producto de fabricación casera. Usted había conocido a Ralph Smith en Sudáfrica. Tenía razones para creer que no le quedaba mucho de vida. Se enteró de que su sobrina heredaría su fortuna. ¿Qué le parece, eh?

Carruthers asintió y Williamson maldijo.

“Ella era la pariente más cercana, sin duda, y usted sabía que el viejo no haría testamento”.

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