«Sí, señor Holmes, enseño música».
“En el campo, supongo, por su tez”.
“Sí, señor, cerca de Farnham, en los límites de Surrey”.
—Un vecindario precioso, y lleno de las asociaciones más interesantes. ¿Recuerdas, Watson, que fue cerca de allí donde atrapamos a Archie Stamford, el falsificador? Y bien, señorita Violet, ¿qué le ha ocurrido a usted, cerca de Farnham, en los límites de Surrey?
La joven, con gran claridad y aplomo, hizo la siguiente curiosa declaración:
—Mi padre ha muerto, mister Holmes. Se llamaba James Smith y dirigía la orquesta del viejo Teatro Imperial. Mi madre y yo nos quedamos sin parientes en el mundo, salvo un tío, Ralph Smith, que se marchó a África hace veinticinco años y del que nunca volvimos a saber nada. Cuando murió mi padre, nos quedamos en la miseria, pero un día nos dijeron que había un anuncio en el Times que preguntaba por nuestro paradero. Se puede imaginar lo emocionados que estábamos, pues pensamos que alguien nos había dejado una fortuna. Fuimos de inmediato al abogado cuyo nombre aparecía en el periódico. Allí conocimos a dos caballeros, mister Carruthers y mister Woodley, que estaban de visita procedentes de Sudáfrica. Dijeron que mi tío era amigo suyo, que había muerto unos meses antes en la mayor pobreza en Johannesburgo, y que les había pedido con su último aliento que buscaran a sus parientes y se aseguraran de que no pasaran necesidades. Nos pareció extraño que el tío Ralph, que no se había interesado por nosotras en vida, se preocupara tanto de cuidarnos tras su muerte, pero mister Carruthers nos explicó que la razón era que mi tío acababa de enterarse de la muerte de su hermano y por eso se sentía responsable de nuestro destino.