“Ahora les daré el testimonio de Susan Tarlton, que es la única persona que puede decir algo en concreto sobre el asunto.
Era por la mañana, entre las once y las doce. En ese momento estaba ocupada colgando unas cortinas en el dormitorio delantero del piso de arriba. El profesor Coram aún seguía en la cama, pues cuando el tiempo es malo rara vez se levanta antes del mediodía. El ama de llaves estaba ocupada con unas tareas en la parte trasera de la casa.
Willoughby Smith había estado en su dormitorio, que utilizaba como salita, pero la criada lo oyó en ese momento pasar por el pasillo y bajar al estudio situado inmediatamente debajo del suyo.
No lo vio, pero afirma que no podía equivocarse respecto a su paso rápido y firme.
No oyó cerrarse la puerta del estudio, pero un minuto más tarde, aproximadamente, se oyó un grito espantoso en la habitación de abajo. Era un alarido salvaje y ronco, tan extraño y antinatural que bien podría haber provenido de un hombre o de una mujer.
En el mismo instante se oyó un sordo y pesado golpe que hizo temblar la vieja casa, y luego todo quedó en silencio.
La doncella se quedó petrificada un momento y luego, recuperando el valor, corrió escaleras abajo. La puerta del estudio estaba cerrada y ella la abrió. Dentro, el joven señor Willoughby Smith yacía tendido en el suelo. Al principio no pudo ver ninguna lesión, pero al intentar levantarlo vio que la sangre manaba a chorros de la parte inferior de su cuello. Estaba atravesado por una herida muy pequeña pero muy profunda, que le había seccionado la carótida.