“Pero mire, caballero, no me gusta que la gente ande hurgando en mi propiedad sin mi permiso, así que cuanto antes pague su cuenta y salga de aquí, mucho mejor me
—Está bien, señor Hayes, sin mala intención —dijo Holmes—. Hemos estado echando un vistazo a sus caballos, pero creo que al final iré andando. No está lejos, según creo.
—A no más de dos millas de las puertas de la Mansión. Ese es el camino de la izquierda.
Nos observó con ojos sombríos hasta que hubimos abandonado sus dominios.
No fuimos muy lejos por el camino, pues Holmes se detuvo en el instante mismo en que la curva nos ocultó de la vista del casero.
—Estábamos calientes, como dicen los niños, en aquella posada —dijo él—. Me parece que me voy enfriando a cada paso que me alejo de ella. No, no, no puedo dejarla de ninguna manera.
—Estoy convencido —dije— de que este Reuben Hayes lo sabe todo al respecto. Jamás he visto a un bribón más evidente.
—¡Ah! ¿De modo que le causó esa impresión? Ahí están los caballos, ahí está la herrería. Sí, es un lugar interesante, este Fighting Cock. Creo que vamos a echarle otro vistazo sin llamar la atención.
Una larga ladera inclinada, salpicada de peñascos de piedra caliza gris, seextendía a nuestras espaldas. Nos habíamos apartado del camino y estábamos subiendo la colina cuando, al mirar en dirección a Holdernesse Hall, vi a un ciclista que se acercaba a toda velocidad.
“¡Tirese al suelo, Watson!”, exclamó Holmes, con pesada mano sobre mi hombro. Apenas nos habíamos agachado para ocultarnos cuando el