Estábamos bastante acostumbrados a recibir telegramas extraños en Baker Street, pero tengo un recuerdo particular de uno que nos llegó en una sombría mañana de febrero, hace unos siete u ocho años, y le dio a Mr. Sherlock Holmes un cuarto de hora desconcertante. Estaba dirigido a él y decía así:
Espérenme. Terrible desgracia. Falta el tres cuartos ala derecha, indispensable mañana. Overton .
—Matasellos de Strand, y expedido a las diez y treinta y seis —dijo Holmes, leyéndolo una y otra vez—. El señor Overton estaba evidentemente bastante excitado cuando lo envió y, como consecuencia, algo incoherente. Bien, bien, supongo que estará aquí para cuando haya ojeado el Times, y entonces lo sabremos todo al respecto. Incluso el más insignificante de los problemas sería bienvenido en estos días estancados.
Las cosas habían estado ciertamente muy tranquilas con nosotros, y yo había aprendido a temer tales períodos de inactividad, pues sabía por experiencia que el cerebro de mi compañero era tan anormalmente activo que resultaba peligroso dejarlo sin material sobre el cual trabajar. Durante años lo había alejado gradualmente de aquella manía por las drogas que una vez había amenazado con truncar su extraordinaria carrera. Ahora sabía que, en circunstancias normales, ya no ansiaba ese estímulo artificial, pero tenía muy presente que el demonio no estaba muerto, sino dormido, y sabía que el sueño era ligero y el despertar cercano cuando, en períodos de ociosidad, había visto la expresión demacrada en el rostro ascético de Holmes y la mirada ensimismada de sus ojos hundidos e inescrutables.