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nydus/The Return of Sherlock HolmesPublic
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La aventura de la casa deshabitada

sorpresas. Una enorme roca, cayendo desde lo alto, pasó zumbando junto a mí, golpeó el sendero y saltó al abismo. Por un instante pensé que había sido un accidente, pero un momento después, al levantar la vista, vi la cabeza de un hombre contra el cielo oscurecido, y otra piedra golpeó la misma cornisa sobre la que yo estaba tendido, a menos de un pie de mi cabeza. Por supuesto, el significado de aquello era obvio. Moriarty no había estado solo. Un cómplice —y esa sola mirada me había dicho cuán peligroso era aquel cómplice— había montado guardia mientras el Profesor me atacaba. Desde la distancia, sin ser visto por mí, había sido testigo de la muerte de su amigo y de mi huida. Había esperado y luego, abriéndose paso hasta la cima del acantilado, se había esforzado por tener éxito allí donde su camarada había fracasado.

“No tardé mucho en pensarlo, Watson. Volví a ver aquel rostro sombrío asomado al acantilado, y supe que era el precursor de otra piedra. Me descolgué a trompicones hasta el sendero.

No creo que hubiera sido capaz de hacerlo con la cabeza fría. Era cien veces más difícil que subir. Pero no tuve tiempo de pensar en el peligro, pues otra piedra silbó al pasar junto a mí mientras pendía de las manos en el borde de la cornisa.

A mitad de bajada resbalé, pero, por la gracia de Dios, caí, magullado y sangrando, sobre el camino. Puse pies en polvorosa, caminé diez millas por las montañas en la oscuridad y, una semana después, me encontré en Florencia con la certeza de que nadie en el mundo sabía qué había sido de mí.

“No tuve más que un confidente: mi hermano Mycroft. Te debo muchas disculpas, querido Watson, pero era de suma importancia que se creyera que estaba muerto, y es del todo seguro que no habrías escrito un relato

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