«Quizá penséis que leí los periódicos con cierta atención durante mi estancia en Francia, a la espera de cualquier oportunidad para echarle el guante. Mientras él estuviera libre en Londres, mi vida realmente no habría valido la pena. Día y noche la sombra se habría cernido sobre mí, y tarde o temprano le habría llegado su oportunidad. ¿Qué podía hacer? No podía dispararle a primera vista, o yo mismo habría acabado en el banquillo. No servía de nada apelar a un magistrado. No pueden intervenir basándose en lo que les parecería una sospecha infundada. Así que no podía hacer nada. Pero seguía las noticias de sucesos, sabiendo que tarde o temprano lo atraparía».
Luego vino la muerte de este Ronald Adair. Mi oportunidad había llegado por fin. Sabiendo lo que sabía, ¿no era acaso seguro que el coronel Moran lo había hecho? Había jugado a las cartas con el muchacho, lo había seguido a casa desde el club, le había disparado a través de la ventana abierta. No había ninguna duda de ello. Las balas por sí solas bastan para poner su cabeza en la horca.
Vine al instante. Me vio el centinela, que llamaría la atención del coronel sobre mi presencia, según yo sabía. No dejaría de relacionar mi repentino regreso con su crimen y de alarmarse terriblemente. Estaba seguro de que intentaría quitarme de en medio al instante, y que traería su arma asesina con ese fin. Le dejé una excelente diana en la ventana y, tras advertir a la policía de que podría hacer falta —por cierto, Watson, descubriste su presencia en aquel portal con infalible exactitud—, tomé el que me pareció un puesto de observación sensato, sin ni siquiera soñar que él elegiría el mismo sitio para su ataque.
—Ahora bien, mi querido Watson, ¿queda algo por explicar?