Pero no era a nuestro prisionero a quien Holmes estaba prestando atención.
Encuclillado en el umbral, se dedicaba a examinar con sumo cuidado aquello que el hombre había traído de la casa. Era un busto de Napoleón, como el que habíamos visto esa mañana, y había sido roto en fragmentos similares.
Con cuidado, Holmes acercaba cada trozo por separado a la luz, pero en nada se diferenciaba de cualquier otro pedazo de yeso destrozado. Apenas había terminado su examen cuando las luces del vestíbulo se encendieron de golpe, se abrió la puerta y el dueño de la casa, una figura jovial y redonda en camisa y pantalones, hizo acto de presencia.
—¿El señor Josiah Brown, supongo? —dijo Holmes.
—Sí, señor; y usted, sin duda, es el señor Sherlock Holmes? Recibí la nota que envió con el mensajero exprés e hice exactamente lo que me indicó. Echamos la llave por dentro a todas las puertas y esperamos los acontecimientos. Bien, me alegra mucho ver que han atrapado al bribón. Espero, caballeros, que pasen a tomar un refrigerio.
Sin embargo, Lestrade estaba ansioso por poner a su hombre a buen recaudo, de modo que en pocos minutos llamaron a nuestro coche y los cuatro íbamos ya de camino a Londres.
Ni una sola palabra quiso decir nuestro cautivo, sino que nos miraba con furia desde la sombra de su cabello apelmazado y, en una ocasión, cuando mi mano pareció estar a su alcance, lanzó un mordisco al aire como un lobo hambriento.
Nos quedamos en la comisaría el tiempo suficiente para enterarnos de que un registro de sus ropas no reveló nada salvo unas pocas chelines y un largo cuchillo de funda, cuyo mango presentaba abundantes indicios de sangre reciente.