En absoluto silencio nos agachamos entre los arbustos, esperando lo que pudiera venir. Al principio, los pasos de unos cuantos aldeanos rezagados, o el sonido de voces procedentes del pueblo, aliviaron nuestra vigilia, pero una a una estas interrupciones se fueron apagando, y un silencio absoluto cayó sobre nosotros, salvo por las campanadas de la lejana iglesia, que nos indicaban el transcurso de la noche, y por el susurro y murmullo de una fina lluvia que caía entre el follaje que nos cubría.
Habían dado las dos y media, y era la hora más oscura que precede al alba, cuando todos dimos un salto al oír un chasquido bajo pero seco que venía de la dirección de la verja. Alguien había entrado en el camino de entrada. De nuevo se hizo un largo silencio, y había empezado a temer que fuera una falsa alarma, cuando se oyó un paso sigiloso al otro lado de la cabaña y, un momento después, un raspar y tintinear metálico. El hombre estaba intentando forzar