Ella miró hacia atrás y aminoró la marcha. Él aminoró también. Ella se detuvo. Él se detuvo de inmediato también, manteniéndose a doscientos yardas de distancia. Su siguiente movimiento fue tan inesperado como audaz. De repente dio media vuelta con su bicicleta y se lanzó directo hacia él. Sin embargo, él fue tan rápido como ella y emprendió una huida desesperada. Al poco rato ella volvió a subir por la carretera, con la cabeza altaneramente en alto, sin dignarse a prestarle más atención a su silencioso escolta. Él también había girado y seguía manteniendo la distancia hasta que la curva del camino los ocultó de mi vista.
Permanecí en mi escondite, y menos mal que lo hice, pues al poco rato el hombre reapareció, pedaleando lentamente de regreso. Torció hacia las puertas de la Mansión y desmontó de su máquina. Durante unos minutos pude verle de pie entre los árboles. Tenía las manos alzadas y parecía estarse arreglando la corbata. Luego montó en su bicicleta y se alejó