Pero de repente me percaté de aquello que sus agudos sentidos ya habían distinguido.
Un sonido bajo y sigiloso llegó a mis oídos, no desde la dirección de Baker Street, sino desde la parte trasera de la misma casa en la que estábamos ocultos.
Una puerta se abrió y se cerró.
Un instante después, unos pasos avanzaron sigilosamente por el pasillo—pasos que pretendían ser silenciosos, pero que resonaban con aspereza en la casa vacía.
Holmes se agazapó contra la pared, y yo hice lo mismo, con la mano aferrada a la empuñadura de mi revólver.
Atisbando a través de la penumbra, vi la vaga silueta de un hombre, una sombra más negra que la negrura de la puerta abierta.
Se detuvo un instante y luego avanzó sigiloso, agachado, amenazante, hacia la habitación. Estaba a menos de tres varas de nosotros, esta figura siniestra, y yo me había preparado para recibir su salto, antes de darme cuenta de que no tenía idea de nuestra presencia.
Pasó muy cerca de nosotros, se deslizó hacia la ventana y, con gran suavidad y sin hacer ruido, la abrió medio pie. Al agacharse hasta quedar a la altura de esta abertura, la luz de la calle, ya no oscurecida por el cristal polvoriento, iluminó de lleno su rostro.
El hombre parecía fuera de sí de la emoción. Sus dos ojos brillaban como estrellas y sus facciones se agitaban convulsivamente.