Holmes sonrió y negó con la cabeza.
“Me parece que tiene un solo inconveniente, Hopkins, y es que es intrínsecamente imposible. ¿Ha intentado clavar un arpón en un cuerpo? ¿No? Vaya, vaya, querido amigo, realmente debe prestar atención a estos detalles. Mi amigo Watson podría decirle que pasé toda una mañana en ese ejercicio. No es asunto fácil, y requiere un brazo fuerte y experimentado. Pero este golpe fue lanzado con tanta violencia que la cabeza del arma se hundió profundamente en la pared. ¿Se imagina que este joven anémico fuera capaz de un asaltó tan espantoso? ¿Es él el hombre que departió entre tragos de ron y agua con Peter el Negro en lo más hondo de la noche? ¿Fue su perfil el que se vio en la cortina dos noches antes? No, no, Hopkins, es a otra persona más formidable a quien debemos buscar”.
El rostro del detective se había ido alargando cada vez más durante el discurso de Holmes. Sus esperanzas y sus ambiciones se desmoronaban a su alrededor. Pero no abandonaría su puesto sin presentar batalla.
—No puede negar que Neligan estuvo presente esa noche, Mr. Holmes. El libro lo demostrará. Me imagino que tengo pruebas suficientes para convencer a un jurado, incluso si usted es capaz de encontrarles algún punto débil. Además, Mr. Holmes, ya le he puesto las manos encima a mi hombre. En cuanto a ese temible individuo del que habla, ¿dónde está?
—Más bien me figuro que está en la escalera —dijo Holmes serenamente—. Creo, Watson, que harías bien en poner ese revólver donde puedas alcanzarlo.
Se levantó y dejó un papel escrito sobre una mesita auxiliar. —Ahora ya estamos listos —dijo.