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nydus/The Return of Sherlock HolmesPublic
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La aventura de Charles Augustus Milverton

precisión de un cirujano que realiza una operación delicada. Sabía que la apertura de cajas fuertes era uno de sus pasatiempos favoritos, y comprendía la alegría que le producía verse enfrentado a este monstruo verde y dorado, el dragón que guardaba en sus fauces las reputaciones de muchas damas de la alta sociedad. Doblada hacia arriba la vuelta de las mangas de su chaqueta de etiqueta —había colocado su abrigo en una silla—, Holmes dispuso dos taladros, una palanca y varias ganzúas.

Me detuve ante la puerta central con la mirada puesta en cada una de las demás, preparado para cualquier imprevisto, aunque, la verdad, mis planes eran algo vagos en cuanto a lo que debía hacer si nos interrumpían.

Durante media hora, Holmes trabajó con energía concentrada, dejando una herramienta, tomando otra, manejando cada una con la fuerza y la delicadeza de un mecánico experto.

Por fin oí un chasquido, la gran puerta verde se abrió de par en par y alcancé a ver en su interior una serie de paquetes de papel, cada uno de ellos atado, sellado y rotulado.

Holmes escogió uno, pero era tan difícil de leer a la luz de la parpadeante chimenea, que sacó su pequeña linterna sorda, pues con Milverton en la habitación contigua era demasiado peligroso encender la luz eléctrica.

De repente le vi detenerse, escuchar con atención, y en un instante había cerrado la puerta de la caja fuerte de un golpe, recogido su abrigo, metido sus herramientas en los bolsillos y se había lanzado detrás de la cortina de la ventana, haciéndome seña para que hiciera lo mismo.

Fue solo cuando me hube reunido con él allí que escuché lo que había alertado a sus sentidos, más agudos.

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