“Podría darle muy fácilmente media docena —dijo Holmes—. Aquí tiene, por ejemplo, una hipótesis muy factible e incluso probable. Se la regalo sin reservas.
El hombre mayor está mostrando documentos que tienen un valor evidente. Un vagabundo que pasa los ve a través de la ventana, cuya cortina está bajada solo hasta la mitad. ¡Sale el procurador. Entra el vagabundo! Se apodera de un bastón que ve allí, mata a Oldacre y se marcha después de quemar el cadáver”.
“¿Por qué habría de quemar el vagabundo el cuerpo?”
—A propósito, ¿por qué habría de hacerlo McFarlane?
“Para ocultar algunas pruebas”.
“Posiblemente el vagabundo quería ocultar que se había cometido asesinato alguno.”
“¿Y por qué el vagabundo no se llevó nada?”
“Porque eran papeles que él no podía negociar.”
Lestrade negó con la cabeza, aunque me pareció que su actitud era menos rotundamente segura que antes.
—Bien, mister Sherlock Holmes, puede ir a buscar a su vagabundo, y mientras usted lo encuentra, nosotros retendremos a nuestro hombre. El futuro dirá cuál de los dos tiene razón. Fíjese bien en este detalle, mister Holmes: que, por lo que sabemos, no se sustrajo ninguno de los documentos, y que el prisionero es el único hombre en el mundo que no tenía ningún motivo para llevárselos, puesto que era el heredero legal y los recibiría de todos modos.
Mi amigo pareció impresionado por este comentario.