«Sé que cada palabra es verdad, pues apenas ha dicho una palabra que yo no supiera. Nadie más que un acróbata o un marinero habría podido subir hasta esa cuerda de la campana desde la ménsula, y nadie más que un marinero habría podido hacer los nudos con los que el cordón estaba sujeto a la silla. Solo una vez esta dama había entrado en contacto con marineros, y eso fue en su travesía, y era alguien de su propia clase social, ya que se esforzaba por protegerlo, demostrando así que lo amaba. Ya ve qué fácil me resultó echarle mano una vez que hube tomado la pista correcta».
“Pensé que la policía jamás habría podido descubrir nuestro engaño”.
“Y la policía no lo ha hecho, ni lo hará, según tengo entendido.
Ahora bien, mire, capitán Crocker, este es un asunto muy grave, aunque estoy dispuesto a admitir que usted actuó bajo la provocación más extrema a la que cualquier hombre pueda verse sometido. No estoy seguro de que, en defensa de su propia vida, su acción no sea declarada legítima.
Sin embargo, eso le corresponde decidirlo a un jurado británico. Entre tanto, tengo tanta simpatía por usted que, si decide desaparecer en las próximas veinticuatro horas, le prometo que nadie se lo impedirá”.
“¿Y entonces todo saldrá a la luz?”
“Ciertamente saldrá”.
El marinero enrojeció de ira.
—¿Qué clase de propuesta es esa para hacérsela a un hombre? Sé lo suficiente de derecho como para comprender que a Mary se la consideraría cómplice. ¿Cree que la dejaría sola para apechugar con las consecuencias mientras yo me escarco cobardemente? No, señor, que hagan lo peor conmigo, pero por el amor de Dios, Mr. Holmes,