—¿No ve ninguna relación con el caso? Bueno, bueno. No insisto en ello. Sin duda me equivoco. Y, sin embargo, a mí me parece sugerente. Venga conmigo y presénteme.
Pasamos por el pasillo, que tenía la misma longitud que el que conducía al jardín.
Al final había una corta escalinata que terminaba en una puerta. Nuestro guía llamó y luego nos condujo al dormitorio del profesor.
Era una estancia muy grande, revestida de innumerables volúmenes, que habían desbordado las estanterías y yacían en montones en los rincones, o se apiñaban alrededor de la base de los armarios.
La cama estaba en el centro de la habitación, y en ella, incorporado con almohadas, se encontraba el dueño de la casa. Raras veces he visto a una persona de aspecto más llamativo.
Era un rostro demacrado y aguileño el que se volvió hacia nosotros, con ojos oscuros y penetrantes que acechaban en hondas cavidades bajo unas cejas pobladas y salientes. Su cabello y su barba eran blancos, salvo que esta última estaba curiosamente manchada de amarillo alrededor de la boca.
Un cigarrillo brillaba en medio de la maraña de cabellos blancos, y el aire de la habitación apestaba a humo de tabaco rancio. Al tenderle la mano a Holmes, me percaté de que también estaba manchada de nicotina amarilla.
“¿Fumador, Mr. Holmes?”, dijo, hablando en un inglés muy selecto, con un curioso y melindroso acento. “Le ruego que tome un cigarrillo. ¿Y usted, caballero? Puedo recomendárselos, pues los mandito preparar especialmente a Ionides, de Alejandría. Me envía de mil en mil, y me aflige tener que encargar un nuevo suministro cada quincena. Malo,