Nunca había conocido a mi amigo en mejor forma, tanto mental como física, que en el año 95. Su creciente fama le había traído una práctica inmensa, y sería culpable de indiscreción si siquiera insinuara la identidad de algunos de los ilustres clientes que cruzaron nuestro humilde umbral de Baker Street. Holmes, sin embargo, como todos los grandes artistas, vivía por el amor al arte y, salvo en el caso del duque de Holdernesse, pocas veces le vi reclamar una gran recompensa por sus inestimables servicios. Tan poco mundano era —o tan caprichoso— que con frecuencia rechazaba su ayuda a los poderosos y acaudalados cuando el problema no despertaba sus simpatías, mientras que dedicaba semanas de la más intensa aplicación a los asuntos de algún cliente humilde cuyo caso presentaba esas cualidades extrañas y dramáticas que atraían su imaginación y desafiaban su ingenio.
En aquel memorable año de 1895, una curiosa e incongruente sucesión de casos había reclamado su atención, desde su famosa investigación sobre la repentina muerte del cardenal Tosca —una pesquisa llevada a cabo por él por expreso deseo de Su Santidad el Papa— hasta su arresto de Wilson, el célebre adiestrador de canarios, que eliminó un foco de infección del East End de Londres.
Pisando los talones de estos dos famosos casos llegó la tragedia de Woodman’s Lee y las muy oscuras circunstancias que rodearon la muerte del capitán Peter Carey. Ningún registro de las actividades de Mr. Sherlock Holmes estaría completo si no incluyera un relato de este insólito asunto.
Durante la primera semana de julio, mi amigo había estado ausente tan a menudo y durante tanto tiempo de nuestro hospedaje que supe que se