“¿Qué, los tres Randall?”
“Exacto; el padre y los dos hijos. Es obra suya. No me cabe la menor duda. Hicieron un trabajo en Sydenham hace quince días, y los vieron y describieron. Hay que tener bastante descaro para hacer otro tan pronto y tan cerca, pero son ellos, sin ninguna duda. Esta vez es asunto de horca”.
—¿Ha muerto sir Eustace, entonces?
—Sí, le hundieron la cabeza con su propio tizador.
—Sir Eustace Brackenstall, según me dice el cochero.
—Exacto; uno de los hombres más ricos de Kent; Lady Brackenstall está en el saloncito de la mañana. Pobre señora, ha tenido una experiencia espantísima. Me pareció medio muerta cuando la vi por primera vez. Creo que lo mejor será que la vea y escuche su versión de los hechos. Luego examinaremos el comedor juntos.
Lady Brackenstall no era una persona cualquiera. Raras veces he visto una figura tan graciosa, una presencia tan femenina y un rostro tan hermoso. Era rubia, de cabello dorado y ojos azules, y sin duda habría tenido el cutis perfecto que acompaña a esa coloración, de no ser porque su reciente experiencia la había dejado demacrada y ojerosa. Sus sufrimientos eran tanto físicos como mentales, pues sobre un ojo se alzaba un horrible abultamiento del color de la ciruela, que su doncella, una mujer alta y austera, le bañaba con diligencia con agua y vinagre. La dama yacía exhausta sobre un diván, pero su mirada rápida y observadora al entrar nosotros en la habitación, y la expresión alerta de sus bellos rasgos, demostraban que ni su ingenio ni su valor se habían visto quebrantados por su terrible experiencia.