—Está bien —dijo Lestrade al despedirnos—. Hill conoce a toda esta gente y podrá ponerle nombre. Ya verá cómo mi teoría de la Mafia resulta ser la correcta. Pero le aseguro que le estoy sumamente agradecido, señor Holmes, por la forma tan profesional en que le echó mano. Todavía no lo entiendo del todo.
“Me temo que es una hora más bien tardía para explicaciones —dijo Holmes—. Además, hay uno o dos detalles que no están rematados, y este es uno de esos casos que vale la pena resolver hasta el mismo final.
Si tiene a bien pasarse una vez más por mis habitaciones a las seis en punto de mañana, creo que podré demostrarle que ni siquiera ahora ha comprendido el significado cabal de este asunto, el cual presenta algunos rasgos que lo hacen absolutamente original en la historia del crimen.
Si alguna vez le permito relatar alguno más de mis pequeños problemas, Watson, presiento que amenizará sus páginas con un relato de la singular aventura de los bustos napoleónicos”.
Cuando volvimos a encontrarnos la noche siguiente, Lestrade venía provisto de mucha información acerca de nuestro prisionero. Su nombre, al parecer, era Beppo, de apellido desconocido. Era un conocido vago dentro de la colonia italiana. Antiguamente había sido un hábil escultor y se había ganado la vida honradamente, pero había tomado el mal camino y ya había estado dos veces en la cárcel: una por un hurto menor y otra, como ya habíamos oído, por apuñalar a un compatriota. Hablaba inglés a la perfección. Sus motivos para destruir los bustos seguían siendo desconocidos, y se negaba a responder a cualquier pregunta sobre el tema, pero la policía había descubierto que esos mismos bustos bien podrían haber sido hechos por sus propias manos, ya que se dedicaba a ese tipo de trabajo en el establecimiento de Gelder & Co.