corta residencia en la Mansión me parecieron peculiarmente poco eclesiásticos. Ya he hecho algunas averiguaciones en una agencia clerical, y me dicen que hubo un hombre con ese nombre ordenado, cuya carrera ha sido singularmente oscura. El tabernero me informó además de que suele haber visitantes de fin de semana —“un grupito animado, caballero”— en la Mansión, y especialmente un caballero con bigote rojo, de apellido Woodley, que siempre estaba allí. Ibamos por ahí cuando, quién iba a entrar sino el propio caballero, que había estado tomando su cerveza en el salón y había oído toda la conversación. ¿Quién era yo? ¿Qué quería? ¿Qué significaba andar haciendo preguntas? Tenía una gran fluidez verbal y sus adjetivos eran muy enérgicos. Terminó una sarta de insultos con un revés vicioso, que no logré esquivar del todo. Los minutos siguientes fueron deliciosos. Fue un directo de izquierda contra un rufián pendenciero. Salí como me ve. El señor Woodley se fue a su casa en carro. Así terminó mi viaje campestre, y hay que confesar que, por muy disfrutable que haya sido, mi día en la frontera de Surrey no ha resultado mucho más provechoso que el suyo».
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La aventura de la ciclista solitaria
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