Devine, pero que los tres que se le habían enviado a Morse Hudson un año antes más o menos formaban parte de un lote de seis, habiéndose enviado los otros tres a Harding Brothers, de Kensington. No había motivo para que esos seis fuesen diferentes de los demás vaciados. No se le ocurría ninguna causa posible por la que alguien pudiera desear destruirlos; de hecho, se rio de la idea.
Su precio al por mayor era de seis chelines, pero el minorista obtenía doce o más.
El molde se tomaba en dos partes de cada lado de la cara, y luego estos dos perfiles de yeso se unían para formar el busto completo.
El trabajo solía hacerlo italianos, en la habitación en la que nos encontrábamos. Una vez terminados, los bustos se colocaban en una mesa del pasillo para que se secaran y, después, se almacenaban. Eso era todo lo que nos podía decir.
Pero la producción de la fotografía produjo un efecto notable en el gerente. Su rostro se ruborizó de ira y sus cejas se fruncieron sobre sus ojos azules y teutones.
—¡Ah, el granuja! —exclamó—. Sí, vaya que lo conozco muy bien. Este siempre ha sido un establecimiento respetable, y la única vez que hemos tenido a la policía aquí fue por culpa de este mismo individuo. Hace ya más de un año. Apuñaló a otro italiano en la calle, y luego vino a la fábrica con la policía pisándole los talones, y lo arrestaron aquí. Beppo se llamaba; su apellido nunca lo supe. Bien me está por contratar a un hombre con semejante cara. Pero era un buen obrero, de los mejores.
“¿Qué consiguió?”
“El hombre vivió y se libró con un año. No tengo ninguna duda de que ya está fuera, pero no ha osado asomar las narices por aquí. Tenemos aquí a un primo suyo, y me atrevo a decir que él podría decirle dónde está”.