Lo giré.
«Llamará a las 6:30— C. A. M.», leí.
—¡Hum! Ya debe de estar al caer. ¿Siente usted una sensación de escalofrío y repugnancia, Watson, cuando se planta ante las serpientes en el zoo y ve a esas criaturas deslizantes, reptantes y venenosas, con sus ojos mortales y sus caras perversas y aplastadas? Pues así es como me impresiona a mí Milverton. En mi carrera me he tenido que ver con cincuenta asesinos, pero el peor de ellos jamás me produjo la repulsión que siento por este tipo. Y, sin embargo, no me queda más remedio que hacer negocios con él; es más, está aquí por mi invitación.
—¿Pero quién es él?
—Te lo diré, Watson. Es el rey de todos los chantajistas. ¡Que Dios ayude al hombre, y más aún a la mujer, cuyo secreto y reputación caigan en poder de Milverton! Con cara sonriente y corazón de mármol, exprime y exprime hasta dejarlos secos. El tipo es un genio a su manera y habría dejado huella en algún oficio más limpio. Su método es el siguiente: deja saber que está dispuesto a pagar sumas muy altas por cartas que comprometan a personas de fortuna y posición. Recibe estas mercancías no solo de lacayos o criadas traidores, sino con frecuencia de canallas educados que se han ganado la confianza y el afecto de mujeres confiadas. No anda con mezquindades. Me consta que pagó setecientas libras a un lacayo por una nota de dos líneas de extensión, y que la ruina de una familia noble fue el resultado. Todo lo que está en el mercado va a parar a Milverton, y hay cientos en esta gran ciudad que palidecen al oír su nombre. Nadie sabe dónde puede caer su garra, pues es demasiado rico y demasiado astuto como para vivir al día. Se guarda una carta bajo la manga durante años para jugarla en el momento en que la apuesta valga más la pena. He dicho que es el peor hombre de Londres, y te preguntaría cómo se puede comparar al rufián que en un arrebato