la cerradura. Esta vez su habilidad era mayor o su herramienta era mejor, pues hubo un chasquido repentino y el chirrido de los goznes. Entonces se encendió una cerilla y, al instante siguiente, la luz constante de una vela inundó el interior de la cabaña. A través de la cortina de gasa, todos teníamos los ojos clavados en la escena del interior.
El visitante nocturno era un joven enclenque y delgado, con un bigote negro que intensificaba la palidez mortal de su rostro. No debía de pasar mucho de los veinte años de edad. Jamás había visto a ningun ser humano que pareciera estar en un estado tan lastimoso de miedo, pues le castañeteaban visiblemente los dientes y le temblaba hasta el último miembro. Iba vestido como un caballero, con chaqueta Norfolk y bombachos, y una gorra de tela en la cabeza. Lo observamos mirar a su alrededor con ojos aterrorizados. Luego dejó el cabo de vela sobre la mesa y desapareció de nuestra vista en uno de los