cuando fue buscado por el profesor Moriarty, de quien fue jefe de Estado Mayor durante un tiempo. Moriarty lo proveyó generosamente de dinero y lo utilizó solo en uno o dos trabajos de muy alta categoría, que ningún criminal ordinario habría podido emprender. Quizá tenga algún recuerdo de la muerte de la señora Stewart, de Lauder, en 1887. ¿No? Bueno, estoy seguro de que Moran estuvo detrás de aquello, pero no se pudo probar nada. Tan inteligentemente se ocultó el coronel que, aun cuando la banda de Moriarty fue desarticulada, no pudimos incriminarlo. ¿Recuerda que en esa época, cuando lo visité en sus habitaciones, eché los cierres por miedo a las cerbatanas de aire comprimido? Sin duda me creyó un excéntrico. Yo sabía exactamente lo que hacía, pues conocía la existencia de esta extraordinaria arma y sabía también que uno de los mejores tiradores del mundo estaría tras ella. Cuando estuvimos en Suiza nos siguió junto con Moriarty, y fue sin duda él quien me hizo pasar esos cinco malos minutos en el saliente de Reichenbach.
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La aventura de la casa deshabitada
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