varios lugares donde ha pasado por encima y ha borrado la marca más superficial de la delantera. Sin duda se alejaba de la escuela. Puede estar o no relacionada con nuestra investigación, pero la seguiremos hacia atrás antes de ir más lejos.
Lo hicimos así, y al cabo de unos pocos cientos de yardas perdimos las huellas al salir de la parte pantanosa del páramo.
Siguiendo el sendero hacia atrás, localizamos otro punto donde un manantial lo cruzaba. Aquí, una vez más, estaba la marca de la bicicleta, aunque casi borrada por las pezuñas de las vacas.
Después de eso no hubo más señales, pero el camino seguía directo hacia Ragged Shaw, el bosque situado detrás de la escuela. De este bosque debía de haber salido la bicicleta.
Holmes se sentó en un pedrusco y apoyó la barbilla en las manos. Yo me había fumado dos cigarrillos antes de que él se moviera.
“Vaya, vaya —dijo por fin—.*
Es, desde luego, posible que un hombre astuto cambie los neumáticos de su bicicleta para dejar huellas desconocidas. Un criminal capaz de semejante ocurrencia es un hombre con el que estaría orgulloso de hacer negocios. Dejaremos esta cuestión indecisa y volveremos la vista atrás, a nuestro pantano, pues nos ha quedado mucho por explorar.
Continuamos nuestro reconocimiento sistemático del borde de la parte empapada del páramo, y pronto nuestra perseverancia se vio gloriosamente recompensada.
Justo a lo atravesado de la parte baja del cenagal se extendía un sendero cenagoso. Holmes dio un grito de júbilo al acercarse a él. Una impronta semejante a un fino manojo de cables telegráficos recorría el centro del mismo. Eran los neumáticos Palmer.