Han pasado años desde que ocurrieron los sucesos de los que hablo, y sin embargo es con recelo como los aludo.
Durante mucho tiempo, aun con la máxima discreción y reserva, habría sido imposible hacer públicos los hechos, pero ahora la principal persona interesada se halla fuera del alcance de la ley humana, y con la debida ocultación la historia puede contarse de tal manera que no perjudique a nadie.
Relata una experiencia absolutamente única en la carrera tanto de Mr. Sherlock Holmes como en la mía propia. El lector me disculpará si oculto la fecha o cualquier otro dato por el cual pudiera rastrear el acontecimiento real.
Habíamos salido a dar uno de nuestros paseos vespertinos, Holmes y yo, y habíamos regresado alrededor de las seis de una fría y helada tarde de invierno. Mientras Holmes encendía la lámpara, la luz cayó sobre una tarjeta en la mesa. La miró de reojo y luego, con una exclamación de disgusto, la arrojó al suelo. La recogí y leí:
Charles Augustus Milverton ,
Appledore Towers, Hampstead.
Agente.
“¿Quién es él?” pregunté.
—El peor hombre de Londres —respondió Holmes mientras se sentaba y estiraba las piernas frente al fuego—. ¿Hay algo al dorso de la tarjeta?