Iba a hacerle algún comentario, cuando alcé los ojos hacia la ventana iluminada y experimenté de nuevo una sorpresa casi tan grande como la anterior. Agarré del brazo a Holmes y señalé hacia arriba.
—¡La sombra se ha movido! —exclamé.
Era, en verdad, no ya el perfil, sino la espalda lo que se nos volvía.
Tres años ciertamente no habían suavizado las asperezas de su carácter ni su impaciencia ante una inteligencia menos activa que la suya.
—Naturalmente que se ha movido —dijo él—. ¿Soy acaso un chapucero grotesco, Watson, como para erigir un maniquí evidente y esperar que algunos de los hombres más agudos de Europa se dejen engañar por él? Llevamos dos horas en esta habitación, y la señora Hudson ha hecho algún cambio en esa figura ocho veces, es decir, una vez cada cuarto de hora. La manipula desde el frente, para que su sombra no se vea jamás. ¡Ah!
Contuvo el aliento con una inspiración aguda y excitada. A la penumbra vi su cabeza proyectada hacia adelante, toda su postura rígida de atención. Afuera, la calle estaba completamente desierta. Esos dos hombres todavía debían de estar agazapados en el portal, pero yo ya no podía verlos.
Todo estaba tranquilo y oscuro, salvo únicamente esa brillante pantalla amarilla frente a nosotros con la figura negra perfilada en su centro. De nuevo, en el más absoluto silencio, escuché aquel sonido fino y sibilante que delataba una intensa emoción contenida.
Un instante después me tiró hacia el rincón más oscuro de la habitación, y sentí su mano de advertencia sobre mis labios. Los dedos que me apresaban temblaban. Jamás había conocido a mi amigo tan conmovido, y sin embargo la oscura calle seguía extendiéndose solitaria e inmóvil ante nosotros.