El jueves nos trajo otra carta de nuestro cliente.
No le sorprenderá, señor Holmes —dijo ella—, saber que dejo el empleo del señor Carruthers. Ni siquiera el sueldo alto puede reconciliarme con las incomodidades de mi situación. El sábado iré a la ciudad y no tengo la intención de volver. El señor Carruthers ha conseguido un carruaje, así es que los peligros del camino solitario, si es que alguna vez hubo alguno, ya han terminado.
En cuanto al motivo especial de mi marcha, no es meramente la tensa situación con el señor Carruthers, sino la reaparición de ese hombre odioso, el señor Woodley. Siempre fue espantoso, pero ahora tiene un aspecto más terrible que nunca, pues al parecer ha sufrido un accidente y está muy desfigurado. Lo vi desde la ventana, pero me alegra decir que no me crucé con él. Tuvo una larga charla con el señor Carruthers, quien parecía muy alterado después. Woodley debe de estar alojándose en el vecindario, ya que no durmió aquí, y sin embargo volví a vislumbrar esta mañana, merodeando por los arbustos. Preferiría tener un animal salvaje y feroz suelto por la finca. Lo aborrezco y le temo más de lo que puedo expresar. ¿Cómo puede el señor Carruthers soportar a semejante criatura ni un solo instante? En fin, todos mis problemas habrán terminado el sábado.