un buen muchacho, un muchacho leal. Nada del mundo lo induciría a delatar a su viejo tío. Esta misma tarde haré trasladar la plata al banco. Mientras tanto, ¡no escatime esfuerzos, señor detective! Le ruego que mueva cielo y tierra para traerlo sano y salvo de vuelta. En cuanto al dinero, bueno, tratándose de cinco o incluso diez libras, siempre puede contar conmigo.
Aun en su estado de ánimo aleccionado, el noble avaro no pudo darnos ninguna información que pudiera ayudarnos, pues sabía poco de la vida privada de su sobrino.
Nuestra única pista residía en el telegrama truncado, y con una copia de este en la mano, Holmes se dispuso a encontrar un segundo eslabón para su cadena.
Nos habíamos sacudido de encima a lord Mount-James, y Overton se había ido a consultar con los otros miembros de su equipo sobre la desgracia que les había caído encima.
Había una oficina de telégrafos a poca distancia del hotel. Nos detuvimos frente a ella.
—Vale la pena intentarlo, Watson —dijo Holmes—. Por supuesto, con una orden judicial podríamos exigir ver las matrices, pero aún no hemos llegado a esa etapa. Supongo que no recuerdan las caras en un lugar tan concurrido. Arriesguémonos.
—Siento molestarla —dijo con su manera más afable a la joven tras la ventanilla—; hay un pequeño error con un telegrama que envié ayer. No he tenido respuesta y mucho temo haber olvidado poner mi firma al final. ¿Podría decirme si fue así?
La joven pasó las hojas de un taco de resguardos.
—¿Qué hora era? —preguntó ella.