“En la cocina, creo”.
“Entonces creo que más nos vale escuchar su historia ahora mismo”.
El viejo salón, revestido de roble y de ventanas altas, se había convertido en un tribunal de investigación.
Holmes se sentaba en un sillón grande y anticuado, con sus ojos inexorables brillando en su rostro demacrado. Pude leer en ellos el firme propósito de dedicar su vida a esta búsqueda hasta que el cliente a quien no había podido salvar fuera por fin vengado.
El pulcro inspector Martin, el viejo médico rural de cabellos grises, yo mismo y un impasible policía de aldea componíamos el resto de aquella extraña compañía.
Las dos mujeres contaron su historia con suficiente claridad. Las habían despertado de su sueño el sonido de una explosión, a la que había seguido un minuto más tarde una segunda. Dormían en habitaciones contiguas, y la señora King había corrido a la de Saunders. Juntas habían bajado las escaleras. La puerta del estudio estaba abierta y una vela ardía sobre la mesa. Su amo yacía boca abajo en el centro de la habitación. Estaba completamente muerto. Cerca de la ventana, su esposa estaba agachada, con la cabeza apoyada contra la pared. Estaba horriblemente herida y el lado de su rostro estaba rojo de sangre. Respiraba con dificultad, pero era incapaz de decir nada. El pasillo, así como la habitación, estaban llenos de humo y de olor a pólvora. La ventana estaba sin duda cerrada y asegurada por dentro. Ambas mujeres estaban seguras de este punto. Habían mandado a buscar inmediatamente al médico y al alguacil. Luego, con la ayuda del mozo de cuadra y el muchacho de los establos,