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nydus/Wuthering HeightsPublic
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IX

intervalos, y luego escuchando, y después rompiendo a llorar abiertamente. Le ganaba a Hareton, o a cualquier niño, en lo que a un buen y apasionado llanto se refiere.

Cerca de la medianoche, mientras aún estábamos despiertos, la tormenta se precipitó sobre los Heights con toda su furia.

Hacía un viento huracanado, además de truenos, y lo uno o lo otro desgajó un árbol junto a la esquina del edificio: una rama enorme cayó sobre el tejado y derribó una parte de la chimenea oriental, precipitando una pedregada de piedras y hollín en el fuego de la cocina.

Creímos que un rayo había caído en medio de nosotros; y Joseph se puso de rodillas de un salto, suplicando al Señor que se acordara de los patriarcas Noé y Lot y, como en tiempos pasados, perdonara a los justos, aunque castigara a los impíos.

Yo tuve el presentimiento de que aquello debía de ser también un castigo para nosotros. El Jonás, en mi mente, era el señor Earnshaw; y sacudí el picaporte de su guarida para cerciorarme de si aún vivía. Él respondió con bastante claridad, de un modo que hizo que mi compañero vociferara, con más estrépito que antes, que se podía trazar una gran diferencia entre los santos como él y los pecadores como su amo.

Pero el estruendo pasó en veinte minutos, dejándonos a todos ilesos; excepto a Cathy, que terminó empapada por su terquedad al negarse a buscar refugio y quedarse sin capota ni chal para atrapar tanta agua como pudiera con su pelo y su ropa. Entró y se tumbó en el escaño, tal y como estaba, calada hasta los huesos, volviendo la cara hacia el respaldo y cubriéndosela con las manos.

—¡Vaya, señorita! —exclamé, tocándole el hombro—; ¿no tendrá empeño en buscarse la muerte, verdad? ¿Sabe qué hora es? Las doce y

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