hay felicidad en el mundo!
Si se le hubiera pasado este capricho de haberla dejado sola, o si hubiera persistido en alimentarlo perpetuamente, no sabría decirlo: tuvo poco tiempo para reflexionar.
Al día siguiente había una reunión judicial en el pueblo vecino; mi amo tuvo que asistir, y el señor Heathcliff, al corriente de su ausencia, llamó bastante más temprano de lo habitual.
Catherine e Isabella estaban sentadas en la biblioteca, en pie de guerra, pero en silencio: la última alarmada por su reciente indiscreción y por la revelación que había hecho de sus sentimientos secretos en un arrebato pasajero; la primera, tras madura reflexión, verdaderamente ofendida con su compañera y, si volvía a reírse de su insolencia, dispuesta a no tomárselo a broma con ella.
Se rio, efectivamente, al ver pasar a Heathcliff por la ventana. Yo estaba barriendo el hogar y advertí una sonrisa traviesa en sus labios. Isabella, absorta en sus meditaciones o en un libro, permaneció así hasta que se abrió la puerta; y ya era demasiado tarde para intentar la huida, cosa que habría hecho con mucho gusto de haber sido viable.