viento quejumbroso, que sacudía las ventanas de vez en cuando, el leve crepitar de los carbones y el chasquido de mis migajeras al recortar a intervalos la larga mecha de la vela. Hareton y Joseph seguramente estarían durmiendo profundamente en la cama. Era muy, muy triste: y mientras leía suspiraba, pues parecía que toda alegría se había desvanecido del mundo, para no volver jamás.
El lúgubre silencio se vio roto al fin por el ruido del picaporte de la cocina: Heathcliff había regresado de su vigilancia antes de lo habitual; debido, supongo, a la repentina tormenta.
Esa entrada estaba trancada, y le oímos dar la vuelta para entrar por la otra. Me levanté con una expresión incontenible de lo que sentía en los labios, lo cual indujo a mi compañera, que había estado mirando fija hacia la puerta, a volverse y mirarme.
«—Lo tendré fuera cinco minutos —exclamó—. ¿No le importará?
—«No, por mí puede dejarlo fuera toda la noche —respondí—. ¡Eso es! Meta la