«Tienes una casa encantadora, Joseph —no pude evitar observar—, y unos inquilinos agradables; ¡y creo que la esencia concentrada de toda la locura del mundo se instaló en mi cerebro el día en que uní mi destino al de ellos! Sin embargo, a lo nuestro: hay otras habitaciones. ¡Por el amor de Dios, sé rápido y déjame instalarme en alguna parte!». Él no respondió a esta súplica; limitándose a caminar con paso terco por los escalones de madera y a detenerse ante un aposento que, por dicha parada y por la superior calidad de sus muebles, conjeturé que era el mejor. Había una alfombra —de buena calidad, pero cuyo patrón estaba borrado por el polvo—; una chimenea decorada con papel recortado que se caía a pedazos; una hermosa estructura de cama de roble con amplias cortinas carmesí de un material bastante caro y de factura moderna; pero que evidentemente habían sufrido un trato duro: los cortinajes colgaban en festones, arrancados de sus anillas, y la barra de hierro que los sostenía estaba curvada en arco a un lado, haciendo que la tela arrastrara por el suelo. Las sillas también estaban dañadas, muchas de ellas gravemente; y profundas muescas deformaban los paneles de las paredes. Me esforzaba por reunir valor para entrar y tomar posesión, cuando mi tonto guía anunció: «Este de aquí es el del amo». Por entonces mi cena estaba fría, mi apetito se había esfumado y mi paciencia se había agotado. Exigí que se me proporcionara al instante un lugar de refugio y medios para descansar. «¡¿Adónde dó ...?! —comenzó el religioso anciano—. ¡Que Dios nos bendiga! ¡Que Dios nos perdone! ¡A qué infierno ibas a ir, malcriada y pesada sabandija! ¡Ya lo has visto todo menos el cuartuco de Hareton! ¡No hay otro agujero donde tumbarse en la casa!».
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