Ahora advertí que no estaba mirando a la pared; pues cuando lo observaba a solas, parecía exactamente como si contemplara algo a dos yardas de distancia. Y fuera lo que fuese, comunicaba, al parecer, tanto placer como dolor en extremos exquisitos: al menos la expresión de su rostro, angustiada pero al mismo tiempo arrobada, sugería esa idea.
El objeto imaginado tampoco estaba fijo: sus ojos lo perseguían con incansable empeño y, aun al hablarme, jamás se apartaron de él. En vano le recordé su prolongada abstinencia de comida: si se movía para tocar algo en cumplimiento de mis súplicas, si extendía la mano para tomar un trozo de pan, sus dedos se cerraban antes de alcanzarlo y se quedaban sobre la mesa, olvidados de su propósito.
Me senté, un modelo de paciencia, tratando de apartar su absorta atención de su absorbente cavilación; hasta que se puso irritable y se levantó, preguntando por qué no le permitía tomarse su tiempo para comer; y diciendo que la próxima vez no hacía falta que esperara: podía dejar las cosas preparadas e irme.
Habiendo pronunciado estas palabras, salió de la casa, paseó lentamente por el sendero del jardín y desapareció por la puerta.
Las horas transcurrieron con angustia: llegó otra noche.
No me retiré a descansar hasta tarde y, cuando lo hice, no pude dormir. Regresó pasada la medianoche y, en vez de irse a la cama, se encerró en la habitación de abajo.
Escuché, me di mil vueltas en la cama y, por último, me vestí y bajé. Era demasiado molesto seguir allí, atormentándome el cerebro con un centenar de vanos presentimientos.
Distinguió el paso del señor Heathcliff, que medía el suelo con inquietud, y rompía el silencio a menudo con una profunda inspiración