No vi otra salida que callar y dejar que las cosas siguieran su curso; y, habiendo llegado Kenneth, fui con el rostro mal disimulado a anunciarlo. Catherine yacía en un sueño agitado: su marido había conseguido calmar el paroxismo de su locura; ahora se inclinaba sobre su almohada, vigilando cada matiz y cada cambio de sus facciones, dolorosamente expresivas.
El médico, al examinar el caso por sí mismo, le habló con esperanza de un desenlace favorable, con tal de que logramos preservar a su alrededor una perfecta y constante tranquilidad.
A mí me indicó que el peligro amenazador no era tanto la muerte, como la permanente alienación del intelecto.
No cerré los ojos en toda la noche, como tampoco lo hizo el señor Linton; en verdad, jamás nos fuimos a la cama; y los sirvientes se levantaron mucho antes de la hora habitual, moviéndose por la casa con paso sigiloso e intercambiando susurros al cruzarse en sus tareas.
Todos estaban activos, excepto la señorita Isabella; y empezaron a comentar lo profundamente que dormía: su hermano también preguntó si se había levantado, y parecía impaciente por su presencia y ofendido de que mostrara tan poca preocupación por su cuñada.
Temí que me mandara a llamarla; pero me libré del dolor de ser la primera en anunciar su huida. Una de las criada, una muchacha insensata que había ido temprano a hacer un recado a Gimmerton, subió las escaleras jadeando, con la boca abierta, y se precipitó en la habitación gritando:
«¡Ay, Dios mío, Dios mío! ¿Qué nos toca ahora? ¡Amo, amo, nuestra señorita—»
—¡Cierra el pico! —gredí apresuradamente, encolerizado por sus gritos.