El señor Hindley volvió para el entierro; y—cosa que nos asombró y puso a los vecinos a murmurar de arriba a abajo—trajo una esposa consigo. Qué era, o dónde había nacido, nunca nos lo informó: probablemente no tenía ni dinero ni alcurnia que la recomendaran, o apenas habría ocultado la unión a su padre.
Ella no era de las que habrían alterado la casa mucho por su propia cuenta. Cada objeto que veía, en el momento de cruzar el umbral, parecía entusiasmarla; y cada acontecimiento que tenía lugar a su alrededor: salvo los preparativos para el entierro y la presencia de los deudos. Me pareció que estaba medio lela por su comportamiento mientras aquello ocurría: corrió a su habitación y me hizo ir con ella, aunque yo debería haber estado vistiendo a los niños; y allí se sentó tiritando y estrujándose las manos, preguntando una y otra vez: «¿Se han ido ya?». Luego empezó a describir con emoción histérica el efecto que le producía ver el color negro; y se sobresaltaba, y temblaba, y, por fin, se echaba a llorar; y cuando le preguntaba qué le pasaba, respondía que no lo sabía; ¡pero que sentía tanto miedo a morirse! Yo me la imaginaba con tantas probabilidades de morir como yo misma. Era más bien delgada, pero joven, de tez fresca, y sus ojos brillaban tanto como los diamantes. Sí que observé, desde luego, que subir las escaleras la hacía respirar muy deprisa; que el menor ruido repentino la ponía hecha un tembleque, y que a veces tosía de forma molesta; pero no sabía qué presagiaban estos síntomas, ni sentía ningún impulso de compadecerla. Por aquí en general no congeniamos con los extranjeros, señor Lockwood, a menos que ellos congenien con nosotros primero.
El joven Earnshaw había cambiado considerablemente en los tres años de su ausencia. Se había vuelto más delgado, había perdido el color, y