—Bueno, entonces, ¿tengo que irme? —repitió ella.
—Déjame en paz, al menos —dijo—; no puedo soportar que hables.
Ella se demoró, y resistió mis exhortaciones a marcharme durante un rato fastidioso; pero como él ni levantaba la vista ni hablaba, al fin hizo un ademán hacia la puerta, y la seguí.
Nos hizo volver un grito.
Linton se había deslizado de su asiento a la losa del hogar, y yacía retorciéndose con la pura tozudez de un niño malcriado y plomizo, empeñado en ser todo lo molesto y engorroso que puede. Evalué a fondo su carácter por su comportamiento, y vi de inmediato que sería una locura intentar consentirlo.
No fue así con mi compañera: ella corrió de vuelta aterrorizada, se arrodilló, y lloró, y consoló, y suplicó, hasta que él se calmó por falta de aliento: de ningún modo por remordimiento de afligirla.
—Lo subiré al escaño —dije—, y podrá rodar por él tanto como le plazca: no podemos detenernos a vigilarlo. Espero que esté satisfecha, señorita Cathy, de que no es usted la persona que ha de beneficiarle, y de que su estado de salud no está ocasionado por apego hacia usted. ¡Vamos, pues, ahí está! Vámonos: en cuanto sepa que no hay nadie cerca para hacer caso a sus tonterías, se alegrará de quedarse quieto.
Ella colocó un cojín bajo su cabeza y le ofreció un poco de agua; él rechazó lo segundo y se agitó con inquietud sobre lo primero, como si fuera una piedra o un bloque de madera. Ella intentó acomodárselo mejor.
—No puedo apañármelas con eso —dijo—; no es lo bastante alto.