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nydus/Wuthering HeightsPublic
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XXI

Tuvimos una triste labor con la pequeña Cathy ese día: se levantó con gran alegría, ansiosa por reunirse con su primo, y unos llantos y lamentos apasionados siguieron a la noticia de su marcha, de modo que el propio Edgar se vio obligado a consolarla, afirmando que volvería pronto; añadió, sin embargo, «si consigo traerlo»; y no había esperanzas de ello.

Esta promesa la calmó malamente; pero el tiempo fue más potente; y aunque todavía a intervalos le preguntaba a su padre cuándo regresaría Linton, antes de volver a verlo sus rasgos se habían vuelto tan difusos en su memoria que no lo reconoció.

Cuando por casualidad me encontraba con el ama de llaves de Cumbres Borrascosas, al hacer visitas de negocios a Gimmerton, solía preguntarle cómo le iba al joven amo; pues vivía casi tan recluido como la propia Catalina, y nunca se dejaba ver.

Pude deducir por ella que seguía con la salud delicada y que era un huésped cansado. Decía que al señor Heathcliff parecía disgustarle cada vez más y peor, aunque se tomaba ciertas molestias para disimularlo: sentía antipatía por el sonido de su voz y no soportaba en absoluto que pasara muchos minutos seguidos en la misma habitación que él.

Raras veces mediaba mucha conversación entre ellos: Linton aprendía sus lecciones y pasaba las tardes en una pequeña estancia a la que llamaban el saloncito; o si no, se pasaba el día entero en cama, pues constantemente contraía tos, resfriados y dolores o molestias de algún tipo.

«Y jamás he conocido a una criatura tan pusilánime —añadió la mujer—, ni tan amiga de cuidarse el pellejo. Se queja si dejo la ventana un poco

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